También a la del mandarino

Este texto fue publicado en el número 33 de la revista Agitadoras, en mayo de 2012.
 

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Las manzanas no caían porque no entendíamos nada. Había cuestiones a considerar: peso, volumen, gravedad. La sensación que dejan en la palma de la mano. No sabíamos lo que es estar colgadas de un árbol mientras la gente sopesa tus curvas y tus turgencias con dientes afilados como cuchillos. Los dientes se afilan solos, por el uso constante. De repente era verano, ese verano que habíamos esperado tanto, y las manzanas no se animaban a posarse todavía en las manos de los desconocidos. Una habla de posarse y piensa en cosas livianas, como un gorrión. Nunca fuimos gorriones. Habíamos soñado con este momento. Nadie se imagina lo que era intentar respirar como si nada, mientras buscaban el cuchillo bueno delante tuyo. Según la casa, el cuchillo bueno estaba mezclado con los demás cuchillos, o se guardaba todavía en su estuche original, en un cajón separado. El azahar nos enloquecía la piel y anhelábamos que llegara el verano. Yo sostuve siempre que se le llama azahar a la flor de todos los cítricos, también a la del mandarino. No sé si esto es verdad. Habíamos deseado que llegara ese momento. Los momentos se alargan o acortan de acuerdo a la intensidad con que los pienses. Habíamos soñado con la penumbra larga de la siesta, y nos habíamos tocado enteras. Era dulce siempre, húmedo la mayor parte del tiempo. Sólo unas semanas antes, cuando el azahar nos enloquecía la piel, lo habíamos deseado. Teníamos por costumbre mirar hacia afuera y desear que viniera la vida a buscarnos. Pero conocíamos las manos propias, y no contábamos con las manos nuevas.
Es lo de siempre. Acostumbrarse. Las cosas se vuelven hábito rápidamente, sobre todo a la edad en que una piensa que puede morir de amor cada noche. Nos derretíamos en la penumbra alargada de la siesta, se nos deshacían las manos. Habíamos llegado al punto de no retorno. Las manos nuevas raspaban, y eran grandes, y no hacían lo de siempre. Nosotras conocíamos las nuestras, nada más. Hay gente que mide la vida en cantidad de sorpresas. No teníamos forma de pedirles a las manos nuevas que hicieran lo de siempre. Y las manos nuevas lastimaban. No sabíamos pedir lo que queríamos. Estábamos mudas, no nos habían enseñado a pedir. Vendrían otros veranos, pero no lo sabíamos. Si sólo hubiéramos entendido que era posible pedir. Pide y se te dará, ¿no es cierto? Creo que nunca prestábamos atención en catequesis.
Pensábamos que sería nuestro último verano y nosotras ahí, con las manzanas sin vender. A esa edad, los veranos futuros quedan muy lejos. Había ventanas que se abrían para mirarnos, y luego se cerraban a toda prisa, sin darnos tiempo a calcular el efecto que había tenido esa mirada. A mí siempre me miraron menos que a ella. Era imposible que pasara el verano y quedarnos con las manzanas.
La mirada nos enloquecía la piel, el verano con sus flores locas, con el perfume a sol en los antebrazos. Se abrían y cerraban las ventanas, y no sabíamos si habíamos perdido la oportunidad de subirnos al verano. Me gustaban los botes de remo, los caballos bravos, los árboles a los que podía trepar sin ayuda, las escaleras de mano contra la pared. Abrirse o no a los dientes, a las manos nuevas. Abrirse a las flores locas de las miradas, el sol en los brazos. Quemaba mucho el sol y todavía no era verano. Por más que abrieran todas esas ventanas nadie podía ver lo que teníamos debajo de la piel. Ella se deshacía más que yo. Dudar antes de caer en las manos nuevas. El miedo de los cachorros. Miraban mucho pero nadie veía. Las manzanas acabaron por caer, pero ya no era lo mismo.

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Imagen:Orange Blossom Orchard, byRebecca Artemisa

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