Cómo escribir una canción de amor adolescente

 

 

Hace unos meses, en medio del verano, La Chica que Quería Irse sucumbió ante una canción de amor adolescente. Con hermosa puntería, fue demoliendo sus defensas, una a una. No la conocía. Hay tantas cosas que no escuchó aún. Y entonces, de repente, Thirteen.
En Thirteen piden permiso para irte a buscar al cole, y a la pileta. Después de todo tienen trece años.
En Thirteen piden también permiso para querer. Enternece porque hace tiempo que las cosas no se hacen así.
Se embanderan, el rock n’ roll está aquí para quedarse, dicen. Cuéntale a tu padre lo que dijimos sobre Paint it black.
Resplandece el final. Brillan esas preguntas que todavía no sabe si son adolescentes o no.
¿Me dirías en qué estás pensando?
¿Serías un fugitivo por mi amor?

Pedir el gran gesto, la escapada. Fly fly away. Y retirarse sin rechistar si la respuesta es no.
I won’t make you.
Enternece porque ya no se acaban así las canciones.
A La Chica Que Quería Irse le gustó Forrest Gump y lloró mientras Jenny apedreaba la casa de su padre y caía como la Christina de Wyeth.
Se reconoció en su plegaria.
Good Lord, make me a bird so I can fly fly away.
¿Qué diferencia hay entre una plegaria y una canción?
Las mejores canciones, dicen sus amigos, necesitan un solo estribillo que no se repita nunca.
Las mejores canciones, dicen sus amigos, empiezan con un estribillo que se repite muchas veces.
Sí, y sí.
¿Y una canción que empieza y no se sabe cómo termina? ¿Y un recurso que fuera como el fade-out pero que no fundiera a negro? ¿Un efecto que no te llevara de la manito hacia el silencio? Un shine-on. Un flash-out. Un reverb-it-all, second star to the right, and straight on till morning.

Canción de amor para hermana y Strummer

 

 


Este texto acaba de ser publicado en el número de enero de 2013 de la revista 
Agitadoras.

Te fuiste de casa el día que murió Joe Strummer. Cómo no vamos a acordarnos de él, cómo podíamos no llorarlo, si parecía que nos estábamos llorando a nosotros mismos. A esa falacia de familia feliz. Ninguna familia puede ser del todo feliz si le falta una hija que se va en medio de la noche sin saludar.

¿Te acordás que tenías un novio que te besaba con toda la boca? Yo los espiaba cuando él venía a visitarte. No es fácil besar así, no es fácil encontrarte con alguien que te haga echar la cabeza hacia atrás y mirar las nubes mientras los besos te descosen el cielo del paladar. No es fácil que funcione. No siempre tiene que ver con besos. En esa época no entendía nada. Creo que vos tampoco, pero se me ocurre que los besos de tu novio nos funcionaban justamente porque ninguna de las dos entendía nada, y porque vos te abrías entera a él, agradecida y sin pensar en el precio de dejarse besar así.

El amor que se tenían tu novio y vos me descosía mi propio paladar, y otras junturas del cráneo. Hacía aparecer ranuras más allá de las obvias.

Tuvieron muchas canciones de amor, tu novio y vos. Ninguna era de The Clash. Pero se murió Joe y pareció que nos habían robado a un hermano. Lloré por vos, tal vez Joe Strummer era más hermano tuyo que mío. Lloré como el día en que mataron a la perra. Fuiste vos la que me dio la noticia. Te abrazaste a mí y lloraste diciéndome que habían matado a la perra. Los actos irreversibles de esta vida no admiten eufemismos ni explicaciones.

Tengo que poner música festiva de fondo para escribir esto. Lo suyo sería escuchar The Clash a morir, pero tengo miedo de lo que pueda hacerme la voz de Joe ahora.

Cuando escuchábamos a The Clash vos me enseñaste a oír un millón de cosas, no sólo la voz de Strummer. Desde luego estaba toda la batería de Topper, los mil pases mágicos, los contrapuntos sorprendentes de Simonon, los arreglos y la voz de Mick Jones, derroche de estilo y clase. Pero era Joe el que se moría mientras vos te ibas de casa.

Por la película nos enteramos que, justo antes de su muerte, envió felicitaciones de Navidad pintadas por él, con barcas e islas, pasajeros en barca llevando fogatas portátiles, acercándose a un fuego central.

Durante muchos años la música fue nuestro fuego. Puede que todavía lo sea. Y pese a la emoción y al indiscutible efecto aglutinante, hoy sé que es una trampa horrible. Vos te fuiste sin dejar una carta, un saludo, mucho menos una postal pintada a mano.

¿Tiene sentido escribirte esto, tantos años después? ¿Por quién lloro, me pregunto?
Tal vez es porque nunca nos despedimos como corresponde, o tal vez se estén mezclando demasiadas cosas. Tal vez el veneno no esté sólo en la dosis, sino en la mezcla, en la combinación.

Era la banda más hermosa del mundo, dijo alguien. La puesta en escena, dijo otro. Porque tenían todos piernas largas que vibraban a la vez, dijo una chica. Puede que la chica haya sido yo.
Hay algo irresistible en tres hombres con mástiles y piernas largas vibrando a la vez.
Hoy vibra todo al unísono. La música como núcleo, tus piernas largas, llorar a un músico al que quisiste como a un novio, como a un hermano.

Una puede querer a muchos hombres, como novios y como hermanos, incluso a la distancia. Tiene que ver con haber sido otra y recordarme así todavía, como una chica que miraba todo por primera vez. Tiene que ver con haber tenido una hermana que me tiraba del pelo de vez en cuando, para que no me distrajera, para que estuviera atenta.

Tiene que ver con la generosidad del novio de la hermana, que comparte un porro y su milagroso efecto realzador del estéreo, y te hace escuchar hi-hats y susurros y respiraciones que antes no habías percibido y que, por ende, comenzaban a existir en ese momento. Tiene que ver con un estado de ánimo, propio de la juventud, que te lleva a tener grandes discusiones por el contenido de una estrofa, por la acentuación de un verso.

Y de repente pasaron diez años sin Joe Strummer, y todo está tan fresco como si me hubieran pintado el corazón con témpera hace un minuto.

Me caeré si alguien no me agarra fuerte. Por eso este texto. Tal vez no seas vos la indicada para sostenerme, después de tanto tiempo. Pero siempre estará Joe en los auriculares, cantándonos al oído. Es el consuelo de los que no sabemos caminar sin música, de los que escuchamos siempre lo mismo. A veces uno es tan frágil que no puede permitirse ciertos desajustes. Y cambiar de canción, cambiar de disco es un acorde en falso que en determinados momentos se paga con la vida.

Al fin y al cabo somos los que necesitamos tener siempre a mano la misma playlist amable, una que nos ayude a seguir pisando firme y que no nos haga zozobrar cuando alguien nos hace acordar de los lazos fraternales, de los perros que han caído por aquello que entendemos como amor, por nuestra versión minúscula e insignificante del amor.

 R-101 JOE STRUMMER KISS ON CAR_Gruen

 

Editado para agregar: encontré esta foto de Joe & Gaby, por Bob Gruen, después de escribir el post. No la conocía.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Distancia congela tiempo

La palabra «pulverizar» ya no puede utilizarse a la ligera, después de que Alejandra Pizarnik la colocara en su cuaderno para hablar de ojos, párpados, flores. Alguien se atreverá a sugerirnos diccionarios amables que nos regalen sinónimos, pero hace rato que una escribe en los intersticios de la vida real. Una escribe de parado, como quien consume dos porciones de Ugi’s, una de muza, una de fugazza, ensanguchadas, en un rincón preferiblemente cerca de la ventana.
Entonces a veces hay que jugar a esto sin la ayuda de poetas, sin la ayuda de diccionarios.
Estamos hablando de pantallas enteras de un videojuego en el que no nos dan skates, cascos, hachas de pedernal como en el Wonderboy, tan sólo un punzón de hielo. (Si alguien se siente inclinado a pensar en Sharon Stone en este punto, tiene mi bendición. Yo no descruzaré las piernas hasta dentro de unos días; vayan a buscar esa imagen a otra parte).
Un punzón de hielo, entonces, y con él la necesidad de acribillar un mar congelado, un mar de cristal, hasta reducirlo a fragmentos transitables.
La distancia congela el tiempo y nos permite levantar la cabeza y ver estrellas muertas. Es un truco del director de arte de todo esto, un truco que Carl Sagan podría explicarnos. Yo soy sólo una chica con remera rockera y no tuve tiempo de estudiar astrofísica. Por eso prefiero sentarme con la cabeza en la falda de Carl, escucharlo mientras nos cuenta ese cuento, maravillarme.
¿Y hasta cuándo es lícito que una mujer se sienta una chica? ¿Tendrá que ver con la adaptación, el menos común de los sentidos, la cordura, el escalafón?
Ahora debo decirles que uno de los riesgos de escribir on the road es que se te borren párrafos enteros gracias a gestos descuidados. No importa. No hace falta que nos lamentemos, que conjuremos la sensación de los rollos perdidos en la Biblioteca de Alejandría. Aunque, si les soy sincera, a mí me da tanta pena perder un jardín colgante como un anaquel.
Detrás mío, en esta cola que avanza lentamente, un señor madurito y bastante pelotudo juega, con fruición y dos pulgares, a un videojuego con volumen infernal. Debo confesar que, antes de que desenfundara el dispositivo y nos ensordeciera con sus burbujas, sus marcianos o lo que sea a lo que está disparando, lo había mirado con curiosidad. Había algo en su bufanda, en su mandíbula. Ahora le clavaría mi punzón dos centímetros debajo de la línea de su quijada sin dudarlo un instante. Eso me distrae lo suficiente como para reflexionar sobre cuándo es realmente indispensable un picahielo.
Y entonces pienso que si, además de congelar estrellas muertas, la distancia sirviera también para congelar el mar, yo podría patinarlo.
Ahí está. Me voy patinando sobre hielo. Una manera amigable de acuchillar el mar.
En las colas, en los bondis, en los subtes hay dos clases de persona. La que escucha música con su dispositivo en pantalla bloqueada y baila lentamente al ritmo de una música que jamás adivinarás, y la que enarbola la portada del disco con el brillo al máximo para que todos sepamos a qué viene su headbanger o su oscilación. O su cara de nada. (Yo no soy de esas; a mí se me derrama la música en el cuerpo y todos se dan cuenta).
Me pregunto si dejar o no que se perciba lo que escuchás es el equivalente a llevar los discos guardados en bolsita cuadrada o visibles bajo el brazo.
Me pregunto si tiene algún sentido desplazarnos aturdidos y mirando pantallitas. Sólo sé de mis ganas de patinar, de jardines colgantes en espera, de habitaciones silenciosas y cosas que se despiertan y susurran y gritan.

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Imagen: Fotografías de estructuras de hielo por Jessica Rosenkrantz.

 

 

Guía definitiva para lograr el sonido Mostro

Mañana hay concierto de mi banda, Mostros. Será el último concierto hasta dentro de un tiempo. Nos tomamos unas vacaciones para recobrar energía, y todavía no sabemos cuánto tardará la energía en presentarse otra vez, burbujeante y esplendorosa, como esas hadas esféricas de las películas de Disney.
Mentiría si dijera que no estoy un poco así, ligeramente triste y rara, porque todos sabemos la ansiedad que genera el juego bobo al que suelen jugar los novios, ese horror de “pedirse un tiempo”. Una banda muchas veces es como un noviazgo multitudinario (me estoy metiendo en terreno pantanoso aquí pero déjenme elaborar).
Mostros no nos pedimos un tiempo, porque lo que subyace, la amistad total, esa entidad inquebrantable que uno reconoce cuando mira al otro a los ojos, eso no está ni estuvo nunca en juego. Eso es algo que me llena de gozo: que a pesar de los comienzos turbulentos, una mudanza de continente, varios años sin papeles viviendo juntos en un piso (que podría haber sido el de Gran Hermano, porque nació al mismo tiempo que la edición española de GH) y todo todo todo en contra, esta formación de Mostros haya sabido mantenerse unida, heroicamente y estoicamente, como decía el gordo Casero, durante casi doce años.
¿Saben qué nos mantiene unidos, además de la amistad, la música, el amor por las mismas bandas y los mismos postres? La risa. La manera en que día tras día, año tras año, nos reímos de nosotros mismos.
Ojalá hubieran podido estar ayer, como mosca espía, en el último ensayo de Mostros antes del último concierto antes de las vacaciones. Fue muy divertido. Fue un delirio. Nos olvidamos de canciones que tocamos cada día, y salieron perfectos covers que no hacíamos hace meses. Por supuesto, también quisimos reflotar temas olvidados, y agregar arreglos de último momento a canciones a las que nunca se les cambió una corchea desde el día en que se tocaron por primera vez. Es evidente que esas cosas no se pueden, no se deberían hacer. Pero nosotros las hacemos porque somos los Mostros.
También tuvimos una idea fantabulosa sobre cómo mejorar el sonido en el local de ensayo y cambiamos todos los equipos de lugar, y luego nos pasamos un buen rato “buscando el sonido”. Ayer. Porque somos los Mostros.
Y también se nos ocurrió que, dado que todos los que pasaban por el patio comentaban lo muy bien que se oía desde fuera (“como si tuviera un compresor”, comentó alguien, entusiasmado), no perdíamos nada con probar. Y probamos tocar afuera un rato, al fresquito, tres de nosotros estirando los cables al límite, saludando a los vecinos del local, dejando al baterista, of course, sentado en su lugar y mirándonos con esa cara que sólo sabe poner él.
¿Por qué? ¿Porque somos los Mostros? No, porque somos unos boludos bárbaros.
Unos emocionados de la vida, en el fondo. Pero ay qué manera de reírnos.
Todo esto significa que no cambiaría a esta banda por ninguna otra del universo conocido, y que esta banda es así porque la hacen así mis queridos mostris, Alejo, Larry, Juanmi. Cómo los quiero, monguis.
Firmado: vuestra ovárica y muy cursi vocalista.
Nos vemos mañana en el Teatre de Lloseta.

(Esto se supone que iba a ser una introducción para mi texto sobre punk rock, que fue publicado en el número de marzo 2012 de Agitadoras. Pero creo que ya me extendí lo suficiente. Y si quieren, pueden ir aquí y leerlo)

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Foto por Ferrán Prieto.

  1. Nicolobo Ramos en 21 septiembre, 2012 en 15:16 dijo:

Oooooooohhhhh que me emocionas estúpida !! No hay nada mejor en el mundo (después de la pareja y -ay!- los hijos) que tener una banda. de musica.

La amplitud de la puerta: humo, mentiras y rock and roll

Este texto acaba de aparecer en el número de septiembre 2012 de Agitadoras.

—Mojamos los adoquines para que las calles brillaran como en un sueño.

Él habla y fuma, con los ojos cerrados como si le pesaran los recuerdos detrás de los párpados. Los silencios son tan fundamentales en los cuentos como en la música.

—Necesitábamos una frase más, ahí en la noria. El famoso ferris wheel speech. Cosas del ritmo de la historia.

A mí lo de ferris wheel siempre me hizo acordar a Ferris Bueller, pero no estoy segura de que le guste mi asociación libre, entonces no digo nada. Soy muy cuidadosa con lo de gustarle a la gente que me gusta. Nunca pongo mi necesidad de pertenencia en peligro si no es por una buena razón. No hay razón alguna para que yo quiera dejar de pertenecer a esta pequeña célula de conversación. Después de todo, él me está hablando sobre El tercer hombre.

—Es un discurso brillante. Lleno de inexactitudes, pero brillante porque consigue lo que quiere: tu atención completa. No te importa que Suiza haya sido una nación de ejércitos feroces antes de adoptar su supuesta neutralidad. No te importa que los relojes cucú sean un invento alemán. Sólo importa que Harry Lime no deje de hablar.

Sé a qué se refiere. Cuando las palabras no son completamente verdaderas pero el encantador de serpientes nos paraliza hasta que acabe el truco. ¿No es acaso eso la ficción? Una mentira-lobo con traje de verosimilitud ovina. Un sueño contínuo y vívido, como dice John Gardner. Un sueño en el que las calles reflejan la luz de las farolas aunque no llueva.

Cómo nos gustan a todos esta clase de mentiras. Pagamos para recibirlas. A otros nos gusta tanto soltarlas que lo hacemos gratis. Malas costumbres.

Hay una canción de Neil Young en la que dice que el rock and roll está aquí para quedarse. Tiene una de esas frases matadoras y mentirosas. Una de esas frases que son capaces de hundir a los niños perdidos, de empujarlos aún más abajo en sus sótanos con sus escopetas. It’s better to burn out than to fade away. El mismo Young dice

It’s just one of those lines

y lo dice con la conciencia limpia. Mejor quemarse que desdibujarse. Neil Young nos suelta esta barbaridad con su voz de pajarito y se queda tan tranquilo, porque él ha metido un pie en el fuego, ha vuelto para contarlo y todavía le sobra tiempo para esfumarse con calma. Pobre Kurt, dice también. Era la primera vez que le pasaba y no sabía que podía ir a algún otro lugar y conseguir más combustible.

Mejor quemarse. Randy Newman opina que es una frase de escritor dentro de una canción. Una frase irresistible. Cuando eres escritor, eres despiadado. Algo así.

Mi interlocutor enciende otro cigarrillo. El humo se comporta como si estuviera en una atmósfera controlada, amortajándole la cara con volutas cinematográficas. Con lo mucho que me molesta el tabaco, no digo una palabra. Hoy tengo la asertividad metida en la verija. Con un poco de suerte se caerá sola cuando me hagan abrir las piernas más tarde.

Parece que Orson Welles se inspiró en una antigua y olvidada pieza teatral para su discurso cucú. Nos impresiona con sus fulgores de mazmorras renacentistas porque en el fondo somos urracas y picoteamos el brillo de la superficie. Si les tengo que decir la verdad, mi corazón siempre deja de latir un rato antes, cuando Harry Lime abre la puerta de la cabina de la noria. (¿De verdad estoy escribiendo noria cuando puedo decir vuelta al mundo? ¿Es tan importante desde dónde y hacia dónde escribe sus mentiras un escritor? Sí que lo es. Pero sobre esto ya hablé en febrero.)

Y no tenemos que olvidarnos de Lime abriendo esa puerta corrediza como quien está a punto de bajarse del ascensor.

—¿Víctimas? No seas melodramático. Mira ahí abajo. ¿De verdad sentirías compasión por alguno de esos puntitos si dejara de moverse para siempre?

Siempre me olvido de respirar durante un rato cuando Harry Lime abre la puerta corrediza. Lo que me sobrecoge es que yo alguna vez ya miré desde arriba con ese vértigo y ese desapego. Fue desde el campanario de Bohun Beacon, invitada por el Padre Brown. Por dentro, aplaudo emocionada a Graham Greene que aplaude a Chesterton, que ya nos había advertido de los peligros que acechan en las alturas:

—Creo que andar por estas alturas, aun para rezar, es arriesgado —observó el padre Brown—. Las alturas fueron hechas para ser admiradas desde abajo, no desde arriba.

—¿Quiere usted decir que puede uno caer? —preguntó Wilfrid.

—Quiero decir que, aunque el cuerpo no caiga, se le cae a uno el alma —contestó el otro.(…) Conocí a un hombre que comenzó por arrodillarse ante el altar como los demás, pero que se fue enamorando de los sitios altos y solitarios para entregarse a sus oraciones, como, por ejemplo, los rincones y nichos de los campanarios y chapiteles. Una vez allí, donde el mundo todo le parecía girar a sus pies como una rueda, su mente también se trastornaba, y se figuraba ser Dios. Y así, aunque era un hombre bueno, cometió un gran crimen.

Holly Martins se pasa tres cuartos de película queriendo creer que su amigo es un hombre bueno, aunque éste, como el reverendo Wilfrid Bohun, empiece a acostumbrarse a ver a la gente desde arriba como insectos, como puntitos. Malas costumbres. Una creencia es sólo un pensamiento que pensamos demasiado a menudo.

Yo me paso la vida buscando mentiras en el papel, extrayendo mentiras de la boca de los extraños con sacacorchos y sonrisas de señorita tonta, viendo a la gente desde abajo, sentada a sus pies, esperando que me cuenten un cuento.

Quiero que él me diga que le parezco hermosa e inteligente, pero no recurro a Chesterton, sino a algún truco de la pantalla plateada. Mohines de Marilyn, risas como Rita, ejercicios de laringe à la Lauren. Sesenta años después, estas cosas siguen funcionando. Tienen mi palabra.

El Padre Brown sujeta al reverendo Bohun cuando éste quiere precipitarse desde el campanario para escapar a su castigo por cainita.

—No por esa puerta —le dijo con mucha dulzura—. Esa puerta lleva al infierno.

Neil Young dice que en el rock and roll es donde Dios y el Diablo se dan la mano. Esa puerta está abierta cada vez que quieras ir.

Me pregunto si es verdad. Me pregunto si basta con golpear para que salga el buen Señor a darme un bidón de gasoil, o si Mandinga preferiría que entrase sin llamar.

Me acerco a las rodillas de este hombre que me cuenta un cuento. Apoyo mi cabeza en su falda, dócil como una perra que, sin embargo, cree que su hueso ya debería estar en el plato.

 

bed fire

Cómo funciona (mi amor por) la música

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Hay canciones que he cantado tanto que ya no las reconozco. Hasta que entra una nota en el aire y entonces me doy cuenta de que seguimos siendo amigas aunque la vida nos haya separado hace rato. Me ha pasado dos veces esta semana.

Tiene que ver con haber cantado una canción muchas, muchas veces. Tiene que ver con una memoria muscular que se activa y que responde al gran encantador ventrílocuo, que te sienta en sus rodillas, mete la mano en tu espalda hueca y te impulsa a cantar.

Las dos veces fueron versiones: yo no conocía la versión pero sí la original, y las palabras volvían a mí enmascaradas dentro de otro ritmo, con otra voz.  Una vez fueron palabras que yo tenía perfectamente memorizadas, las de Train in Vain, de The Clash, pero en elcover de Annie Lennox. Con la mirada fija en un punto en el espacio canté una canción ligeramente distinta a la que estaba acostumbrada a cantar, pero la letra coincidía.

Cuando una abre la boca para cantar una canción que se canta sola, o sea, sin que una la haya reconocido previamente, la sensación es lo más parecido en el mundo a haberse transformado en un perro telepático.

La segunda vez que me ocurrió fue esta mañana. Es una canción que en principio creí no conocer, y de hecho no sabía la letra de memoria, ni con las palabras exactas. Pero inmediatamente supe que yo había cantado ese wachuwaru wachuwein muchas veces, y de muy joven. Era uno de esos horribles covers chill-bossa que tienen la particularidad de poder ser reproducidos en un sinfín de no-lugares, o más exactamente lugares anti-musicales, como comederos aptos para todo público, sin que ninguna abuelita se espante ante la distorsión y los platillos.

La segunda versión, la del wachuwein, era Shout, de Tears for Fears. Y claro que la había cantado de chiquita. Es curioso como el ánimo hace un pequeño clic y te sitúa en un espacio-tiempo especifico (hay una luz de verano, una cierta colcha liviana, un claroscuro de árboles y siesta) y las palabras vuelven intactas, o al menos vuelve ese balbuceo que empezaba a ser la música que uno no amaría tanto como para incorporar con alma y vida (léase, con letra y melodía completas), pero vuelve tal cual se aprendió aquella vez, durante un verano entero escuchando el American Top Forty.

El otro día, cenando con un amigo y volviendo, una y otra vez, al cine y la música, que son las dos cosas inexplicables que nos unen a los que supuestamente dominamos las letras o nos dejamos dominar por ellas, mi amigo se derritió por un tema de Beatles que ahora no recuerdo y exclamó algo así como: por eso son buenos los Beatles, porque sus canciones se pueden versionar y siguen funcionando, y por eso, musicalmente hablando, son una mierda los Stones, porque sus canciones no se dejan versionar.

Pausa dramática con espumarajos saliendo por la boca.

Tiene razón en lo de que las canciones de los Stones no se dejan versionar. No conozco un solo cover de los Stones que valga la pena (quizás la excepción sea Satisfaction, por Devo, y eso porque es una deformidad tan monstruosa que uno la acaba adoptando entre suspiros de ternura).

Pero el adverbio terminado en -mente oculta una de esas inexactitudes provocadas por un excesivo y excitado uso de la mente. Creo yo que en este caso ese adverbio,musicalmente, se coloco ahí con demasiada velocidad. ¿Es mayor virtud, musicalmente hablando, que una canción siga siendo buena en su versión MIDI para ascensores y aeropuertos? ¿En un sintetizador para politonos de telefonía móvil?

Yesterday, como aprendimos hace poco en este precioso artículo de Jot Down, se llamó «Scrambled eggs» hasta obtener su título y status definitivo como la melodía con más covers de la historia. La mayoría de ellos serán seguramente horribles y olvidables. A mí esos miles de covers me edulcoran sin remedio una melodía que es tan buena que McCartney no acababa de creer que fuera suya.

Y lo que la falta absoluta de covers decentes no podrán nunca anular es la magia de una canción como Shattered, o Bitch, o Faraway Eyes (y que alguien me detenga, por favor, gracias), o la sonoridad de una canción con afinación en sol abierto, que sonará más primitiva, pero cuándo fue una desventaja en Champawat ser primitivo. Y además ¿desde cuándo es la música una competición?

 

Una banda es un artefacto delicado, eso quiero decir. Una sutil combinación de engranajes irreproducibles. Cualquier banda que sea tan única que todavía no se haya inventado el software que pueda hacerla funcionar en modo pseudo-bossanova merece un apretón de manos, medalla, diploma y beso.

Tal vez la culpa la tiene un cantante que deforme tanto las palabras que no importa si aprendés o no la letra de memoria (me viene a la cabeza una furibunda Whoopi Goldberg en una película menor de cuyo nombre no quiero acordarme, rebobinando un cassette delante de una partitura de Jumpin’ Jack Flash, rogando: «For God’s sake, Mick, talk English”). Un guitarrista con el don de le mot juste (algo que también comparte Frusciante, el instrumentista que pone sólo dos notas, pero ay cómo te las pone), la economía de digitación que sin embargo le permite todo lo demás: sus gestos de orangután, buscar tanto el roll como para llevar la guitarra a la altura de la rodilla, supurar carisma. Una base rítmica como el cañón del Colorado, un baterista con los pases más simples y sin embargo dueño de ese hi-hat inconfundible. Y más química que Walter White.

La química, eso que hace que un puñado de personas corrientes, que llegan a un local de ensayo con la lista de la compra en la cabeza, sean capaces de abrir válvulas que traen al momento presente melodías y arreglos y vuelos interplanetarios que un minuto antes no existían.

Lo que nos lleva a algo muy grande, aquello que nos tiene preparado David Byrne para dentro de diez días, cuando se lance su nuevo libro How Music Works: la oscura materia emocional de la creación sigue apareciendo de manera instintiva, pero lo hace para tomar una forma que encaje en un contexto previo. Sólo pude leer el primer capítulo, que es lo que McSweeney’s nos ofrece como adelanto, pero me dejó turulata. El planteo es que a través de las épocas y los estilos, el músico compone pensando inconscientemente en el entorno en el que sonará su música. No sólo el espacio físico, sino algo tan simple como que mejor que nuestra música se escuche si habrá gente bailando y bebiendo y batiendo palmas y gritándose guarradas de un extremo a otro del salón de baile. Y para alguien como yo, que durante trece años se preocupó de cantar lo más audiblemente posible dentro de una banda en la que hay que luchar con la distorsión y los platillos, tiene mucho sentido.

¿Qué tienen que ver los Stones con cómo funciona la música? Sólo sé cómo funciona mi amor por la música, que es lo que dije hace unos meses en esta entrevista de 40 putes, cuando me preguntaban sobre músicos, poetas y florituras. Yo diré que la música no es nunca sólo la melodía más o menos elaborada, más o menos pegadiza, la letra lacerante o con gancho, el soplo creativo de cada integrante de la banda escapándose de pulmones y otros espacios vitales para tejer tempestades en tiempo real. Es la suma de todo eso más el ingrediente secreto (¿el feeling? ¿la emoción? ¿that which cannot be named?). Y ningún virtuosismo aislado puede superar a la gente dejándose la piel en el escenario, a Patti Smith rompiéndose el cuello por poner el pie dentro de las llamas (visito esta idea una y otra vez, y podrán encontrar un texto mío al respecto en el próximo numero de Agitadoras). Pero básicamente, y mi amigo lo sabe, sólo que le gusta provocar, todos agradecemos que Macca haya compuesto sus huevos revueltos y haya jugado con esas séptimas, sin las cuales ciertos melómanos no pueden acercarse a las canciones ni con un palo. Y también sabemos que considerar esas canciones mejores que otras sólo porque se traduzcan bien al aséptico idioma cafédelmar-chillout-yamahadejuguete para ascensor es dejar todo el feeling fuera de la ecuación, lo cual es un error imperdonable.

La cura para el tránsito de Venus

Será por las noches de invierno en una casa hostil, la luz de la calle golpeando en los cristales de la puerta, en lugar de iluminar, como ustedes bien saben, esa canilla que gotea hacia la nada. Será porque las condiciones no estaban dadas ni siquiera para poder sentarse en la mesada de la cocina. Será porque dolían los silencios telefónicos. No bastaban las horas, no servían las explicaciones. Ya nos habíamos dicho todo y sin embargo había que seguir escuchando. Una voz que cura la ausencia de otra voz. Y la canilla goteaba.

Se puede dibujar un rostro con las manos, estirar los ojos con dos dedos, y esperar una sonrisa que nunca nos dio calor. Una sonrisa que habla de lo muy rotos que tenemos todavía los corazones, a pesar de los años, a pesar de las armaduras sucesivas, a pesar de las palmadas en el hombro y lo muy machos que nos hemos vuelto todos.

Será que seguimos jugando al mismo juego estúpido. De repente ser cínico es sinónimo de ser cool. Hay que ir a los conciertos con el labio superior tieso, con la enciclopedia abierta bajo las narices del prójimo. Hay que seguir pendientes de la mirada del otro. ¿En serio? ¿Ante la música, que tiene la virtud de borrarnos de la faz de la tierra, al punto que sólo queda la sombra del fantasma del escuchador?

Qué nos queda a quienes vamos a los conciertos a enamorarnos de nuevo, a abrir heridas de nuevo. Yo no lo diré si no lo dices tú primero.

Leo en la prensa que está mal visto reconocer las canciones con una exclamación, emocionarse antes los primeros acordes de un tema que hace quince años que no escuchas en directo. No sabía yo que hay que ir por la vida con tanta coraza, tanto antifaz.

Será porque en los conciertos me vuelvo esponja.

Será porque ese sonido de bajo me sigue llevando a la cama, porque me duelen los agujeros que dejaron tantos discos girando en la nada, porque sus canciones fueron gelatina roja y también una lenta viscosidad plateada escurriéndose hacia el pozo de donde vienen los malos sueños. Y yo siempre, siempre seguí esa baba de gasterópodo. Habrá otros que sigan las migas que deja el gurú, ese que nos dice qué es exactamente lo que deberíamos haber sentido ante la música. No me pidan eso.

Para mí, tres horas de The Cure fueron pocas. Gallup brillaba (después de todo, tiene la píldora mágica, el control completo, el mapa que lo guía al mejor sonido de bajo de la galaxia). También me dio la sensación, cada vez que Smith sonreía, de que conocía mi secreto. Pero tal vez deba rendirme ante la evidencia de que soy y seré carne de fan club.

 

Punk-maru

Este texto apareció en marzo de 2012 en la revista Agitadoras.

Punk rock, dice ella, y los interlocutores retroceden unos pasos, como si vieran un pequeño alien moviéndose bajo su esternón, o echan la cabeza hacia atrás, escudándose de una recién detectada halitosis.

Es la reacción más común. Si dice rock a secas, todavía puede llegar a obtener un mínimo de comprensión, generar una imagen de banda de covers, o verbenas. Pero punk rock… Es como si se le ocurriera decir que es poeta, pero peor. El prójimo enarbola una risita forzada, mientras compara mentalmente nóminas, y emite una frase que empieza con “pero” y termina con “no”. “Pero no vives de eso, ¿no?”

El rock ya no supone una amenaza, está demasiado domesticado y vende demasiado poco. Pero el punk rock es otra cosa. Evoca efluvios de calimocho, dedos en la nariz, escupitajos, costras. A veces sí. A veces no.  En estos tiempos tempestuosos, a ella el punk se le aparece como un navío sólido y estable.

Ella lava sus medias de red en el lavabo, y las seca en la estufa para que estén listas al día siguiente. Un amigo les presenta una tortilla adornada con el nombre de su banda, las letras hechas de tomates secos de una huerta ecológica de los suburbios. Ella le preguntó una vez qué era el punk. El amigo se lo contestó en mayúsculas, en una ventana de chat. Punk es ser tú mismo, dijo.

Ahora ella sabe que punk es que una banda no tenga más dueños que las ganas de divertirse juntos. Punk es un resopón de fideuà y allioli a las 6 de la mañana, después de un concierto. Punk es una siesta comunitaria de seis horas en un salón tapizado de colchones después de grabar un videoclip bajo la nieve. La diversión también implica la carga y descarga de amplificadores en la noche de Avilés, la humedad del puerto calándote los huesos, la escarcha pintando el techo de la furgoneta. Y largas horas al volante, cebar mate desde el asiento del copiloto, feroces discusiones tratando de interpretar un mapa.

Ella tuvo un sueño a los ocho años, cantando frente al espejo, un tubo de desodorante en la mano, la raqueta colgada de un cinturón: estrella de rock. ¿Qué? ¿Que no todos queremos ser estrellas de rock and roll? Perdonen ustedes. Ella clamó a los cielos por hacer algo así la primera vez que escuchó el grito de Dizzy Miss Lizzy. A cambio obtuvo una red de amigos para siempre, el carnet de entrada a un club nada exclusivo: los subterráneos. Y desayunos para la carretera comprados con amor en supermercados holandeses. Croquetas de cabrales, chilis vegetarianos y ensaladas de pasta (ok, demasiadas ensaladas de pasta) en squats de aquí y allá.  Ella tuvo un sueño. No se imaginaba que su sueño se iba a cumplir pero más perfecto, más redondeado, gordito y brillante y esférico como uno de esos universos atrapados para siempre dentro de una bóveda de cristal, con una nieve fácil y tibia que cae todo el tiempo. La nieve de un sueño. Dream-maru. Como los barcos japoneses, con su nombre y su sufijo, maru, redondo, indicando completud y autonomía. Punk-maru. Completo, autosuficiente.

El interlocutor puede caer en el error de pensar que autosuficiente es sinónimo de huérfano de discográfica, de peor es nada, pobres punks. Pobres ante la mirada del otro, oh quelle imposibilité. Pobres, qué punks. Qué desarreglados, con esos zapatones. Qué simples, fotocopiando, autoeditándose. Pobrecitos, qué primitivitos. Poverini. El buen Jesús se tomaría una birra en la esquina con nosotros, os aviso. Puritita energía creativa, el ejemplo de Katherine Hepburn, que sabía que si tú no remas tu propia canoa nadie lo hará por ti. Y los que lo hacen por ti son generalmente, en esta fauna de la industria musical, gente que quiere su pedazo y nada más. No los necesitamos. Esa es la revelación. Porque nos sobran otras cosas. Porque nos gusta la parte artesanal de la vida. Pura vida, como dicen en Costa Rica.  Sin embargo os aviso de qué va todo esto. Porque va de tolerancia. Tolerancia a la diversidad, a las mil caras del hazlo tú mismo, aunque va de tolerancia cero al mamoneo. Que de eso sobra ahí afuera. También va de solidaridad, de echar una y muchas manos, de mil emails y llamadas cruzándose en el éter y proponiendo garitos, compartiendo amplificadores, prestando furgonetas para recoger a los grupos en aeropuertos, trajinando cajas con discos y fanzines, barriendo escenarios, colgando altavoces. Caras sonrientes de bienvenida, el barman que te da una cerveza cuando ya no tienes ticket de consumición, que haberlos haylos, como los que te dejan neveras a tu disposición. Punks en la cola de la fotocopiadora, punks en bicicleta repartiendo revistas y cambiando el mundo, punks a pie pegando carteles con celo en las cabinas telefónicas que, si total no funcionan, para algo han de servir.  Gente con ganas de trabajar, de meterse en el estudio y grabar aunque sea dos temas nuevos, de grabar un ensayo con un cuatro pistas, de fundar una banda de esas de diez días, que son las bandas que se forman cuando cuatro personas de diferentes latitudes coinciden en una latitud nueva y común y hala: nace otra banda. Diez temas, un EP, un pedido que sale volando a Chequia y que vuelve en una caja de anacrónicos vinilos y un montón de gente que colabora comprando discos nuevos, de los de sangre caliente. No reediciones de hace veinte años de un cuarentón principal recontra refrito. Gente que descarga y comparte, que se graba emepetreses como antes se grababa cintas, porque lo mejor del disco nuevo es escucharlo con los amigos.
Punk es vivir en lugar de sobrevivir. Es llegar, noche tras noche, a un montón de reductos amables donde los esperan con comida caliente y ganas de escuchar su música. Pequeñas aldeas que resisten al invasor. Al miedo invasor, ese que sopla mentiras y barbaridades al oído. Ella ya no es joven, y empezó tarde, pero la sangre le fluye mejor en el cuerpo cuando está cantando y bailando al ritmo que marcan los tres inadaptados que adoptó como familia hace más de diez años.

Para que su vida funcione, para poder ser ella misma en este viaje, tuvo que encontrar el interruptor que le permitiera cambiar la energía. No puede pasar demasiado tiempo solamente escribiendo, ni sólo cantando y maullando. La quietud de la silla, después de un tiempo, se le espesa y le pide a gritos que la saque a bailar. Por el momento le funcionan estas limas, estas piedras pómez que pulen toda la hormona rockera para que pueda volver a la silla y al cuaderno. Pero el punk, el barco autónomo sin capitán, sigue ahí, llevándola una y otra vez a puertos floridos y estruendosos.

Pasa que, punk o no punk, algunas personas con dos dedos de frente ya no quieren comprar pollos fritos, pajaritos muertos, dinosaurios al horno. El buen Jesús, aquel que echó del templo a los mercaderes, aplaude entre bastidores.

Ella tuvo un sueño. Ahora tiene mucho más. Ella brinda, una y otra vez, por la sangre joven, o por lo menos la sangre caliente, la que todavía circula para hacer cosas nuevas. Porque ve el mundo cambiando a su alrededor. Porque ve a su gente actuando, en lugar de sólo reaccionar ante el miedo invasor, los aliens, los muñecos resorte, la trampa y el cartón. Porque ve a su gente buscando alternativas para hacer un mundo nuevo, un mundo que funcione, un mundo donde la música lo hilvana todo y al mismo tiempo es sólo una excusa para salir a brillar, a decir palabras auténticas, a mostrar la verdadera piel.

 

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