Categoría: papiroverba

¿Cómo os habéis quedado? Papiroverba. Se me inflama el hipotálamo de lindor.

Esa es la categoría que han elegido en Contraescritura para sus muy hermosos libros, y Saliva ya está allí, en preventa, listo para ser comprado con un click. Se envía a partir del 24 de septiembre, así que en sólo diez días comienza el rocknroll.

Agradezco a todos las muchas muestras de ánimo recibidas, el desparramo y el compartir. Esto ya no hay quien lo pare.

Pronto hablaremos de presentaciones y demás. Hasta entonces, salud.

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Retazos de algo

 

 

Lo que se pretende es que yo tenga más control sobre mi vida, como si estuviésemos hablando de la vida de una persona normal. Una de esas personas que se pasean sin anguilas anidando en su interior. Pero esta superabundancia, esta cornucopia de droga en realidad lo que hace es dejarme a un paso del error de cálculo, de la sobredosis, del gran vaffanculo al mundo. Mientras firma el pagaré por cinco meses de pastillas veo la duda en el entrecejo del médico, la sospecha de que esos meses puedan contraerse en un espasmo. Es tan fácil como un vaso de agua y un bulto en la garganta, la violación de tragar demasiado, demasiado de golpe. Yo me río ante el entrecejo del médico.
-No quiero volver a oír hablar de control. Estamos de acuerdo en que es deseable una planicie, algo de estabilidad y normalidad para que yo pueda tomarme estas vacaciones y usted me pone una visita de control de acá a un mes.
El médico suelta el entrecejo y se encoge de hombros. Siempre tiene que estar frunciendo algo, como si tuviera un pespunte con un hilo del que alguien tirara constantemente.
-Qué espera, acaso. Usted es…
Me levanto de la silla con estrépito (un poco torpeza, un poco sobreactuación) antes de que termine la frase. No sirve de nada: escucho. A pesar de mi ruido escucho su dictamen, la etiqueta que cuelga del dedo gordo de mi pie, todavía vivo.
-Ya sé lo que soy – rujo.
¿Por qué no pueden venir las voces en momentos como este, a tapar lo que no quiero oír? Pero no. Las voces vienen cuando quieren.
Salgo hecho un loco, rojo, sulfuroso, al pasillo, la receta y el tembleque en la mano, agitando con mi paso inseguro a las enfermeras almidonadas que huelen a colonia, y a sudor debajo de la colonia.
Se ve que grito, se ve que estoy gritando.
-Las voces vienen cuando quieren.
Ese es mi grito. ¿Mi grito de guerra? Mi grito cotidiano. No tengo otro. Si tuviera otro, lo usaría.

He tenido, podríamos decir, un viaje plácido. Vine aquí a descansar de las voces y a escuchar la radio. Estoy dopado y veo la vida a través de una sopa espesa. Esta mañana me senté en el catre y me quedé entumecido de calor hasta que se me mojaron las manos. No era sudor, eran lágrimas gordas que me mojaban los carpos contra los pómulos. La sopa, esta sopa de la medicación en la que floto, no me informa de mis estados de ánimo hasta que es demasiado tarde y ya estoy roto, llorando como le lloraría a mi abuela. Creo que durante este rato me abracé a sus rodillas, mi nariz contra su media de nailon, el dobladillo del vestido floreado, y le pedí que no me haga levantar más clavos torcidos de la calle. Mi abuela se ríe de mí y sus encías se agigantan. Abro los ojos, aterrorizado. Mi abuela nunca me haría esto. A lo sumo me daría una cachetada para que reaccionara, pero jamás se reiría de mí y los clavos.
Afuera grita un pájaro, eco perfecto de la risa de esta abuela que no es la mía, de esta antimateria de mi abuela.
-No llores más – gritan el pájaro y mi abuela.
-Las voces vienen cuando quieren – les contesto, gimiendo con voz fundida de baba y lágrimas, porque soy un moco.
Extraño a las voces. Por lo menos eran algo conocido. Este laberinto de sopa y sopor es muy complicado de atravesar. Me levanto.
Me lavo los dientes con una mano que no es mía. Los músculos de mi cara tienen dificultad en mantener el dentífrico dentro de las mejillas, y derramo una espuma lenta sobre el mentón, el pecho. Me limpio con la mano del cepillo y hay más espuma mentolada donde no debería haberla. El agua sabe oscuramente a óxido y no moja como debe. Afuera grita un pájaro.
Me enjuago con el agua que no moja, me seco la cara con una toalla que huele a humedad. Alguien me mira desde las marcas de sudario de la toalla, pero me rindo y dejo de adivinar si es o no mi abuela.
Estoy frente a la puerta y no puedo salir.
Pasan unos minutos.
Afuera gritan. Si por lo menos fueran las voces. Si me cantaran.
Los gritos duelen como golpes. Golpean a la puerta. ¿Será que estoy frente a la puerta porque alguien la golpea?
Mi mano no entiende el picaporte.
Alguien abre. Hay vuelos. Ruido. Manos. Dona Elíade. Otro estampado de flores. Olor a café y pan. Se desayuna en esta casa. Estar así atontado no es de hombre. Peldaños. Una mancha de humedad. Un hombre bravo y alto como usted. Jarros de metal. Quema. El pan bueno y una mano en mi brazo. Una mano en la mano que hace un rato, ahora mismo, no entendía el picaporte.

Estoy sentado en el porche y Dona Elíade habla de mi radio, que suena toda la noche, y al final las chicas del forró hacen menos ruido, y hay una que es su nieta, parece. Una que pasa cada mañana por el porche con pollo asado o más a menudo feijão y tetitas debajo de una camiseta de un color mostaza diarreica, pero su culo redondo no podría emitir nunca caca de ese color, porque es una hermosura de ver, y se ve que Dona Elíade tuvo que pegarme en la mano porque me hurgaba la bragueta, en la calle, en el porche, a la vista de todos.
Meses más tarde, sentado en el porche junto a Bill tendré esa sensación, el tiempo comienza otra vez en la bragueta, aquello que crece sin voluntad, el culo redondo de una nena que pasa y que me arremolina el aire en el abdomen y levanta el telón de la vida sin tiempo y sin palabras.
Hay una manera de mirar el mundo que sólo ocurre cuando uno está sentado en el porche delante de una casa que dicen que es suya, aunque uno no se lo acabe de creer porque la vida es demasiado disparatada como para que algo sea verdaderamente de uno.
¿Qué tengo yo que sea mío? Esta sopa, estas manos de hombre blandengue. Esta bragueta retráctil que se anima cuando pasa la nieta del forró o una nena demasiado vívida. Unas voces que me han abandonado, y cantaban.
Cantaban.
-Está pensativo esta mañana, el señor.
Esta mañana oigo, oigo todas las cosas. Y me doy cuenta de que echo de menos no las voces, sino el canto. Las voces me cantaban.
-¿Y en el canto está el nombre? – pregunta el pájaro que grita. Y mi abuela, los clavos de punta, los muchos pájaros del bosque se alinean frente a mí, atentos a mi respuesta.
-¿En el canto está el nombre? – pregunta también la nieta del culo hermoso, y me pierdo un momento pensando en mi dedo ensalivado entrándole, y mi bragueta vive y respira.
-¿En el canto está el nombre? – me pregunta un viejo de camisa marrón, que también se sienta, como en una tribuna, frente a mí y me mira con ojos atentos que reflejan la vida a demasiada velocidad. Me marean los ojos del viejo y no puedo contestar.
-¿En el canto está el nombre? – me preguntan un Bill que todavía no conozco, y un Timmy que nunca me llegarán a presentar, y la voz en estéreo surround de alguien hondo y gordo como Dios.
Tiene que estar. Tiene que estar ahí el nombre.
-En el canto está el nombre, sí – le digo finalmente a la tribuna de gente rara que me mira. Los pájaros salen volando a gritos y delante está Dona Elíade, su mano en mi mano sobre mi falda, mi regazo inofensivo que ya no es bragueta, y su sonrisa de tres o cuatro dientes amarillos.
-Hay muchas canciones lindas en esa radio suya. Siga escuchando, señor, no nos molesta.
Hay un tejido social que escapa a mi sopa. Se ve que cabía la posibilidad de que mi radio nocturna molestara, y no lo había pensado hasta ese momento. Y la otra posibilidad es que haya una canción, una canción completa y real dentro del canto. Como las canciones de la radio. Digo que sí con la cabeza pero estoy distraído por esta novedad. El corazón me golpea en la garganta. La sensación de la mano de Dona Elíade todavía se queda pegada un rato más. Veo el carro de Mê, las gallinas, una camiseta color diarrea colgada de la cuerda, cuatro bombachas limpias de un blanco casi gris, que seguro que pertenecen al culo redondo de mis sueños de porche, y tengo una erección violenta, y palabras para entenderla, porque la sopa se ha despejado y los colores me golpean la córnea, como si hubieran arrancado una cortina de gasa sucia que no me dejaba ver las cosas. Algo empieza a latir detrás de mi oreja, y es esa luz y un silbido, un arrebujarse de bichos brillantes como el cuero mojado, algo asqueroso que se despierta dentro de mi cráneo y el buen Dios, gordo y hondo, me da fuerzas para volar escaleras arriba y manipular una caja de cartón y tragarme en seco una pastilla salvadora, una pastilla mesías, una pastilla que me devuelva triunfal a mi sopa.

 

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Dibujo por Patti Jordan

 

 

Te o de o

 

Somos las excesivas, las intensas.
-¿Qué prefieres, todo o nada?
-Todo.
Respondo sin pestañear. Respondo antes de que puedan terminar de formular la pregunta. La conclusión es siempre la misma:
-Te vas a llevar muchas hostias en esta vida.
Claro que sí. A mí el Tao me queda a contramano. Porque yo quiero todo. Y así colecciono moretones en las pantorrillas (como caballito gitano, decía mi abuela). Acumulo golpes como quien no se decide a tirar los diarios de ayer.
Bailando lento en esta milonga en penumbra, me pega a su vientre para que entienda los pasos. Me dejo. Después de todo, su mano en mi espalda es el alfa y el omega. Bailo y cuando bailo no tengo medida. Así me gustan las cosas. Hasta el final.
Quiero todo. Quiero bailar hasta desmayarme, sin perder de vista que yo elegí el rojo vivo de mis zapatillas. Quiero que me quieran temblando y hasta que pase el temblor. Quiero que me miren a los ojos y que los ojos hablen hasta agotar las palabras. Quiero guardarme cada abrazo de mis amigos y destilarlos y bebérmelos en los días de lluvia.
La mujer que está sentada a mi lado en el metro también lo quiere todo. Me lo dice su cara demacrada de tanto guardarse las pesadillas en las venas. Tiene un suéter estampado en el que chocan muchos colores, y un abrigo de esos hechos con retazos que antes se hubieran considerado imposibles de combinar pero que ahora están de moda. Unos pelos largos y enrulados le brotan del mentón. Lleva un bolso enorme bordado con abalorios turquesas, y un anillo como una araña de bronce, y uno esmaltado como un huevo de Fabergé, y uno de indio navajo y otro con cascabeles. Y un prendedor con la A de anarquía. Y zapatillas negras bordadas de blanco. Sí, ella también lo quiere todo.
La pelirroja hermosa del asiento de enfrente, para no escatimar, tiene pecas no sólo en el escote y en las manos, sino también en los párpados y en los labios. Está claro, ella también lo quiere todo. Yo quiero todas sus pecas. Si me dejara mirarla de cerca estoy segura de que encontraría pecas en sus pestañas, moteadas como las antenas de una polilla con piel de leopardo. Existen polillas así. Pero lo que yo quería decir es que a la pelirroja le contaría las pecas de las pestañas una a una y después le transmitiría el resultado al oído.
Trece años de pertenencia a banda punk rock me han pulido el gusto, y desde entonces visto mis ancas de pantera con estampado de leopardo. Para mí es puro glamour del palo. Para otros es irreductible vulgaridad. Da igual. Estos últimos días me he paseado por esos mundos de Dios con una o más prendas animal print en mi atuendo. Coco Chanel decía que una debía siempre quitarse el último accesorio que se había puesto. Tenía razón. Pero somos las excesivas, las exageradas.
Un amigo me dice, del otro lado de una cerveza, que Bill Stevenson le puso All a su banda porque él también lo quería todo. No puedo corroborar este dato. No encuentro la información. Pero confío en que algún otro amigo sabio venga a confirmármelo. Por lo pronto llevo mi prendedor de All en toda solapa disponible, para que no queden dudas de lo que quiero.
Sé que quererlo todo a veces te deja con el culo al aire. Sé que desear tanto es para vaqueros con muchas millas en las espuelas (como en la película de Van Sant, a las vaqueras también nos pega el blues). Sé que nadie vendrá a llenar a cucharadas este hueco que se abre cuando me quedo quieta. Pero no puedo evitar estirarme para ver si alcanzo lo del estante de arriba de todo. A veces, como ejercicio, juego a enmudecer y dejo que el mundo me ataque como el agua ataca a las esponjas, que parecen secas por fuera y están hinchadas de agua en el interior. Pero son sólo pequeños descansos en medio de la milonga, momentos de reposo antes de cambiar de forma y abrirme a las manos en la espalda, las manos que me hacen bailar.
Dejo entonces que el mundo me moje, y bailo hasta caer rendida, para devolverle al mundo un poco de humedad, un poco de todo lo que le robo cada día.
Miro todo. Capto todo con mis antenas de polilla aleopardada. Envío señales a quien corresponda, pidiéndole todo. Cada tanto el compañero de baile se anima y conecta mi culo al cosmos, y me río como loca, porque me asomo al todo y todo esta ahí, al alcance de la mano, redondito y brillante. No quieran saber.

 polilla

Fuera

Pasé unas ciento sesenta y ocho horas en encierro voluntario en cabaña alejada de la civilización con la intención de escribirme entera.

Durante mi estancia en las profundidades seguí una dieta a base de jugo de naranja natural, jugo de mandarina y uva embotellado, frambuesas, manzanas verdes, ensalada Waldorf, mi special chicken salad sólo para elegidos, pancito para mojar, vino blanco, pseudo ravioles industriales, ravioles caseros de espárragos, queso mallorquín, mongetes con butifarra, fideos ramen, alfajores BonOBon, agua, innumerables tazas de té negro sin azúcar y dos chicles de menta.

También comí aceitunas en total soledad.

Escuché música sin parar. Instrumental durante la escritura, de la otra durante los descansos. Descubrí un total de siete canciones nuevas. Algunas de ellas fueron bailadas con lentitud, otras con furor sincero.

En estos días aprendí cosas que nunca olvidaré. Tienen que ver con viñas e hinojos, con olivos y cipreses, con la luz filtrándose a través de una parra, con la luna llena entrando por un tragaluz. También tienen que ver conmigo.

Me levanté muy temprano la mayoría de las veces. Algunas noches escribí sentada en el suelo junto a la chimenea y el fuego me acunó hasta que se me perdieron los párpados. Otras veces escribí en una pequeña mesa de cara a la pared, rodeada de bosques pintados por las manos de otros. También escribí al sol, en el porche, envuelta en una manta, mientras una gata jugaba con hojas secas a mis pies.

Una mañana me despertaron los disparos de los cazadores. Volví a dormirme. Más tarde un pájaro golpeó en mi ventana y no supe qué decirle. El último día, mientras empacaba, el mismo pájaro volvió a golpear en la ventana para despedirse. He oído que hay aves que sobrevuelan y miran hasta que deciden bajar.

Caminé mucho por el bosque y rodé en la hierba para adquirir cicatrices variadas con mi torpeza habitual. En un rincón bajo los árboles me senté a mirar cómo la naturaleza me ponía en la mano cosas vivas que no puedo nombrar.

Una noche salí a conducir bajo la lluvia. Los aviones cruzaban la carretera e iluminaban la niebla sobre mi cabeza. Vi aviones llegar y partir con el desapego de aquellos que ya han volado en alfombra mágica. Un puñado de brujas me mantenía en sus oraciones en la distancia.

Cuando volví a casa el cable de los auriculares se había enredado para siempre con mis llaves. Fue un momento penoso y tuve que recurrir al timbre.

Me sobró comida. Bajé unos kilos. No calculé los víveres tan bien como Kerouac en Big Sur, pero tampoco tuve que boxear con el delirium tremens.

MIs gatos están felices de tenerme de vuelta. Uno de ellos me abraza ahora, indefinidamente.

El número de páginas nuevas escritas es aún indeterminado. Quedan mesas por escrutar.

Mis besos hoy saben a gasoil.

Dentro

Salud, visitante. Esto es Champawat, tierra de sangrantes. Aquí nadie se pasea por las calles polvorientas. Todos se quedan metidos en sus casas, atendiendo sus heridas, lamentándose por los que ya no volverán. Afuera hay monstruos. Afuera hay bestias. Afuera hay un criatura que husmea el olor de tu entrepierna y luego se lanza con las fauces babeantes, directamente a partirte la cadera. La tigresa antropófaga te quiebra como si fueras un pichón de gacela. Si tenés suerte y te suelta, tendrás tiempo de mirar el agujero que reluce bajo tus costillas, el lodo oscuro que mana de tu cuerpo.

Yo hace rato que me miro sangrar. Después de cierto tiempo se transforma en un ejercicio interesante, una meditación en movimiento, la mente quieta, la sangre fluyendo hacia donde quiera que tenga que ir. Cuando la sangre coagula, vuelven las palabras.

No hay más que hacer. Quedarse quieta y esperar que la sangre se detenga sola. Y luego sí, volver a salir, buscar a la tigresa, pedirle más agujeros donde meter los dedos.

Estos días he estado patrullando la fronda en su busca. Dentro de un momento me sorprenderá, me tenderá una trampa, me la encontraré mirándome con sus ojos del color de la alcaparra. Ansío ese momento porque sé lo que viene después. El lento balanceo en una silla mientras dejo de gotear.

Y entonces, como buena vecina de Champawat, me encerraré a lamerme y curarme, y si me porto bien habrá palabras nuevas esperándome al otro lado.

Mientras tanto, tienen todas las entradas anteriores de esta bitácora para hacerse una idea de qué pasa aquí.

Vuelvo un día de estos. Y si no vuelvo ya saben en qué estómago encontrarme. Si no los encuentra ella primero.

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La amplitud de la puerta: humo, mentiras y rock and roll

Este texto acaba de aparecer en el número de septiembre 2012 de Agitadoras.

—Mojamos los adoquines para que las calles brillaran como en un sueño.

Él habla y fuma, con los ojos cerrados como si le pesaran los recuerdos detrás de los párpados. Los silencios son tan fundamentales en los cuentos como en la música.

—Necesitábamos una frase más, ahí en la noria. El famoso ferris wheel speech. Cosas del ritmo de la historia.

A mí lo de ferris wheel siempre me hizo acordar a Ferris Bueller, pero no estoy segura de que le guste mi asociación libre, entonces no digo nada. Soy muy cuidadosa con lo de gustarle a la gente que me gusta. Nunca pongo mi necesidad de pertenencia en peligro si no es por una buena razón. No hay razón alguna para que yo quiera dejar de pertenecer a esta pequeña célula de conversación. Después de todo, él me está hablando sobre El tercer hombre.

—Es un discurso brillante. Lleno de inexactitudes, pero brillante porque consigue lo que quiere: tu atención completa. No te importa que Suiza haya sido una nación de ejércitos feroces antes de adoptar su supuesta neutralidad. No te importa que los relojes cucú sean un invento alemán. Sólo importa que Harry Lime no deje de hablar.

Sé a qué se refiere. Cuando las palabras no son completamente verdaderas pero el encantador de serpientes nos paraliza hasta que acabe el truco. ¿No es acaso eso la ficción? Una mentira-lobo con traje de verosimilitud ovina. Un sueño contínuo y vívido, como dice John Gardner. Un sueño en el que las calles reflejan la luz de las farolas aunque no llueva.

Cómo nos gustan a todos esta clase de mentiras. Pagamos para recibirlas. A otros nos gusta tanto soltarlas que lo hacemos gratis. Malas costumbres.

Hay una canción de Neil Young en la que dice que el rock and roll está aquí para quedarse. Tiene una de esas frases matadoras y mentirosas. Una de esas frases que son capaces de hundir a los niños perdidos, de empujarlos aún más abajo en sus sótanos con sus escopetas. It’s better to burn out than to fade away. El mismo Young dice

It’s just one of those lines

y lo dice con la conciencia limpia. Mejor quemarse que desdibujarse. Neil Young nos suelta esta barbaridad con su voz de pajarito y se queda tan tranquilo, porque él ha metido un pie en el fuego, ha vuelto para contarlo y todavía le sobra tiempo para esfumarse con calma. Pobre Kurt, dice también. Era la primera vez que le pasaba y no sabía que podía ir a algún otro lugar y conseguir más combustible.

Mejor quemarse. Randy Newman opina que es una frase de escritor dentro de una canción. Una frase irresistible. Cuando eres escritor, eres despiadado. Algo así.

Mi interlocutor enciende otro cigarrillo. El humo se comporta como si estuviera en una atmósfera controlada, amortajándole la cara con volutas cinematográficas. Con lo mucho que me molesta el tabaco, no digo una palabra. Hoy tengo la asertividad metida en la verija. Con un poco de suerte se caerá sola cuando me hagan abrir las piernas más tarde.

Parece que Orson Welles se inspiró en una antigua y olvidada pieza teatral para su discurso cucú. Nos impresiona con sus fulgores de mazmorras renacentistas porque en el fondo somos urracas y picoteamos el brillo de la superficie. Si les tengo que decir la verdad, mi corazón siempre deja de latir un rato antes, cuando Harry Lime abre la puerta de la cabina de la noria. (¿De verdad estoy escribiendo noria cuando puedo decir vuelta al mundo? ¿Es tan importante desde dónde y hacia dónde escribe sus mentiras un escritor? Sí que lo es. Pero sobre esto ya hablé en febrero.)

Y no tenemos que olvidarnos de Lime abriendo esa puerta corrediza como quien está a punto de bajarse del ascensor.

—¿Víctimas? No seas melodramático. Mira ahí abajo. ¿De verdad sentirías compasión por alguno de esos puntitos si dejara de moverse para siempre?

Siempre me olvido de respirar durante un rato cuando Harry Lime abre la puerta corrediza. Lo que me sobrecoge es que yo alguna vez ya miré desde arriba con ese vértigo y ese desapego. Fue desde el campanario de Bohun Beacon, invitada por el Padre Brown. Por dentro, aplaudo emocionada a Graham Greene que aplaude a Chesterton, que ya nos había advertido de los peligros que acechan en las alturas:

—Creo que andar por estas alturas, aun para rezar, es arriesgado —observó el padre Brown—. Las alturas fueron hechas para ser admiradas desde abajo, no desde arriba.

—¿Quiere usted decir que puede uno caer? —preguntó Wilfrid.

—Quiero decir que, aunque el cuerpo no caiga, se le cae a uno el alma —contestó el otro.(…) Conocí a un hombre que comenzó por arrodillarse ante el altar como los demás, pero que se fue enamorando de los sitios altos y solitarios para entregarse a sus oraciones, como, por ejemplo, los rincones y nichos de los campanarios y chapiteles. Una vez allí, donde el mundo todo le parecía girar a sus pies como una rueda, su mente también se trastornaba, y se figuraba ser Dios. Y así, aunque era un hombre bueno, cometió un gran crimen.

Holly Martins se pasa tres cuartos de película queriendo creer que su amigo es un hombre bueno, aunque éste, como el reverendo Wilfrid Bohun, empiece a acostumbrarse a ver a la gente desde arriba como insectos, como puntitos. Malas costumbres. Una creencia es sólo un pensamiento que pensamos demasiado a menudo.

Yo me paso la vida buscando mentiras en el papel, extrayendo mentiras de la boca de los extraños con sacacorchos y sonrisas de señorita tonta, viendo a la gente desde abajo, sentada a sus pies, esperando que me cuenten un cuento.

Quiero que él me diga que le parezco hermosa e inteligente, pero no recurro a Chesterton, sino a algún truco de la pantalla plateada. Mohines de Marilyn, risas como Rita, ejercicios de laringe à la Lauren. Sesenta años después, estas cosas siguen funcionando. Tienen mi palabra.

El Padre Brown sujeta al reverendo Bohun cuando éste quiere precipitarse desde el campanario para escapar a su castigo por cainita.

—No por esa puerta —le dijo con mucha dulzura—. Esa puerta lleva al infierno.

Neil Young dice que en el rock and roll es donde Dios y el Diablo se dan la mano. Esa puerta está abierta cada vez que quieras ir.

Me pregunto si es verdad. Me pregunto si basta con golpear para que salga el buen Señor a darme un bidón de gasoil, o si Mandinga preferiría que entrase sin llamar.

Me acerco a las rodillas de este hombre que me cuenta un cuento. Apoyo mi cabeza en su falda, dócil como una perra que, sin embargo, cree que su hueso ya debería estar en el plato.

 

bed fire

Incontinencia o lubricación

Mi hermana melliza, tan indisciplinada, y sobre todo tan muertita ella, se había negado siempre a estos maratones de escritura con vehemencia. Ponía un sinfín de peros. Los enhebraba con delicadeza y floridos argumentos, y luego colgaba la guirnalda resultante en el estante de arriba de la pantalla, para que tuviera bien a la vista que a ella no le gustaba ni un poquito esto de pasarse días y días atornillada al escritorio. Cuando, en aras de la muy mentada verosimilitud, alguien sugería la posibilidad de investigar para enriquecer esa pieza de narrativa larga (miren cómo nos resistimos a pronunciar the N word), mi hermana melliza muerta directamente se brotaba. Estallaba en urticarias delante de mí, florecía en erupciones fosforescentes dignas de golosinas embebidas en manteca de cacao, de snacks con demasiados derivados del cerdo.

—¿Investigar? —preguntaba. Y castañeteaba los dientes de impresión hasta que todo el escritorio se desmoronaba con la fuerza de su sismo.

Debo admitir que me contagió su disgusto. Que me convenció de que nosotras estábamos más allá de esa manía de encerrarse en bibliotecas calurosas manoseando páginas antiguas. Para qué inventaron la Wikipedia, sugería. Eso, repetía yo, para qué inventaron la Wikipedia. Y las dos chocábamos los cinco, dábamos un salto en el aire y luego nos frotábamos los culos como Ren y Stimpy. Happy happy joy joy. Quién necesita investigar. Investigar es de débiles. Es de blandos. Los que investigan, todos putos.

Todos putos es la frase que despierta a los demonios residentes. Esos que son aún más vehementes que mi melliza. Pero por algún extraño juego de espejos desfigurantes, a mi hermana melliza muerta le molestan los demonios. Les tiene miedo. Al revés que los personajes de El fin de la Infancia, ella aún no está preparada para abrazarse a esas altas criaturas oscuras y aladas.

Entonces un buen día contraataca, como el Imperio.

Melliza elige esos momentos en que yo tengo la vista fija en la guirnalda de peros que cuelga encima de la pantalla, a la altura de la segunda estrella a la derecha, hacia el mediodía. Son esos ratos blandos en que miro mucho el cielo veraniego, esperando que pase un avión publicitario con cartel volador y megáfono distorsionado. El piloto me traerá la primera frase, esa que necesito para acallar a este hámster que rueda y rueda hacia la nada. Mi hermana melliza muerta, con antiparras de piloto, me grita desde el avión:

—Algo que te guste.

La altitud y la velocidad deforman el mensaje, que suena como Bart a través de los ojos de Ayudante de Santa Claus.

Mangalga.

Le hago señas desesperada, agitando la guirnalda. Le grito que no se vaya, que no entiendo. El avión se aleja, va a cargar combustible, a apagar otro incendio y vuelve una hora más tarde.

—Investigá sobre algo que te guste, man.

Melliza muerta habla estón. Está bien que así sea. Por un momento la forma me enmascara el contenido. El mensaje, man. El mensaje es que investigue sobre algo que me guste. Eureka.

Lamento haberlos entretenido hasta aquí. Tal vez esperaban algún descubrimiento brillante, algo que pudiéramos llevar derechito hasta la oficina de patentes.

Lo siento mucho. Champawat es el hogar del cliché. Ya deberían haberse dado cuenta. Hace rato que estamos intentando limpiarnos de la adicción a lo cool que nos intentan instilar los criados en los noventas.

En Champawat, en los escritorios que juntan polvo tras las ventanas cerradas, se revisa una y otra vez el mismo concepto, el de no saber jamás si el trabajo diario está bueno o si apesta. Se revisa el concepto de que no está en manos del escriba preguntárselo. Se insiste en la necesidad de simplemente hacer el trabajo un día tras otro. Como las Danaides, condenadas a llevar agua en vasijas agujereadas por toda la eternidad, el escriba aprende algo durante la mañana y lo olvida durante el sueño. Con la llegada de la aurora mira el charco a sus pies e intenta recordar de dónde viene tanto líquido. Vuelven las dudas. Se pregunta si el líquido es incontinencia o lubricación. No lo sabe. Después de un rato Zeus envía un rayo y el escriba recuerda, o deberíamos decir que vuelve a aprender, que él no es el encargado de dar las respuestas.

Cuando ocurre esa descarga, el escriba, a mitad de camino de electrocutarse como un cachorro mojado, o de una señora con croquiñol en un bad hair day, se aferra a esa estática mientras dura y pregunta, pregunta, pregunta, y corre ese maratón hacia un horizonte que tiembla como una guirnalda en una fiesta de verano. Y cuando se queda sin preguntas le hace caso a melliza, piloto de tormenta, que saluda emocionada desde un avión que ya va camino a Tombuctú, a Katmandú, a Xanadú.

Algo que me guste. Salivo de emoción. Saco mi mapa de cosas que me gustan, cartografiado a través de años de ñandutí mental. Leo: tinta. Leo: palabras descompuestas en letras. Leo: caligrafía.

Y de repente, un personaje se anota en un curso Pitman, la ventana se abre e inunda la estancia una luz cegadora.

 

amateur

Resistencia

 

Miro documentales de vida salvaje, porque este fin de semana me robaron la dosis de salvajismo que me había preparado cuidadosamente. Miro documentales de felinos a medianoche, porque mirar documentales de escarabajos a medianoche es demasiado policía-preñada-de-Fargo. Anoche vi a cachorros de leopardo atrapados en su propio juego, dando vueltas alrededor de un árbol muerto. Los vi desgarrados de pura inocencia, de pura prisa de beberse toda la vida de un sorbo. Los vi morir de debilidad en torno a un árbol muerto.

Junto a la carretera me saludan cada día los gatos atropellados. Quiero detenerme cada vez y acariciar lo que queda de ellos en el asfalto para que el sueño les sea propicio. Pero no es tan fácil frenar la vida por otros.

A la hora de la siesta, antes de que el sueño venga, se me aparecen las huellas de sangre y tejido en el asfalto. En el momento de quedarme dormida, sé que hay una parte de mí que estiraría los dedos para llevarse la textura de la muerte al lugar de las pesadillas, para dejarla allí y que no moleste.

En cambio, la siesta me trae un sueño plácido, de cuadernos blancos y cremosos. Paso la mano por la página varias veces antes de empezar a escribir. Cuando quito la mano las palabras ya están allí. Reconozco la letra; es mi caligrafía de nena, con las aes redondas, de colas largas. Como gatos domésticos.

Las palabras hablan de la escritura, de la búsqueda. Escribo a continuación con mi letra de ahora, una letra que se ha alargado, que se ha desilusionado de tanta sombra. Escribo un montón de palabras sobre escribir, y la sensación es la de bailar en la niebla. Sé que lo que escribo en sueños es verdadero y hace que el corazón me dé saltitos de cachorro. Lo escrito en sueños deja una marca profunda en el papel, y es la clave para completar el proyecto en el que estoy trabajando. Pero no es fácil frenar un sueño para tener tiempo de leer las indicaciones, las pistas.

El sueño sigue su curso y me atropella. Alguien se detendrá en la banquina para despedirse de lo que queda de mí.

Fotografía by Lara Ginhson

 

 

En órbita

Yo lo que más quiero es querer algo con toda el alma.
Mi deseo es puro porque se concentra en el deseo. Mi deseo está enterito y muerde su propia cola.
Mi deseo es pared, es frontón y pelota. Mi deseo me precipita contra mí misma.
Me estrella contra el reflejo en la superficie del lago.
Pero no dejo que nada me golpee, para eso están el vacío y la materia oscura interponiéndose entre el objeto que orbita y el objeto que permanece en su sitio.
Yo orbito alrededor de mi deseo.
Mi deseo no va a ningún lado.
Podríamos ser la pareja perfecta; tú no necesitas nada y yo no tengo nada para dar.
Trato de leer mi futuro en las hojas de té que se precipitan hacia el fondo de la taza
pero sólo veo un remolino que no gira hacia ninguno de los dos lados, como si no existieran los polos.
Entonces así, convencida al fin de que la tierra es plana, puedo concentrarme en lo verdaderamente importante: mi deseo sin objeto.
Yo lo que más quiero es querer algo con toda el alma.

 

Imagen: Planetary Systems, digital collage by Jen McCleary

La ventana blanca

Over time, natural oils and dirt from our hands can harm even the strongest stone
Cartel en el British Museum

Madame me obligó a probar el melón esta mañana antes de acompañarme al ascensor. Yo le digo que no hace falta que me acompañe, ella vieja y quebradiza pero de voz aún joven, los huesos huecos y doloridos. Pero ella tiene mala conciencia si no lo hace, entonces me acompaña no sólo hasta el ascensor sino hasta la puerta de calle, su mano como una garra fina clavándose en mi hombro y luego en mi cintura. Incluso me da una palmadita cuando cruzo la puerta, como quien envía a un niño a su primer día de clase, o a su primer viaje en autobús. A veces tengo la sensación de que ella cree que todos mis viajes son un poco el primero, algunos días yo también lo creo. Algunos días. Algunos días son más hondos, más pantanosos, el aire más espeso, el nudo del estómago más consistente.

A pesar de todo me gusta sentarme en el sillón de muelles que rechinan, y escucharla leerme en francés. Yo me muevo casi imperceptiblemente en el sillón, los muelles silban y ella se interrumpe un segundo y luego sigue, doucement. Musset. A ella Musset le encanta, a mí me divierte y me deja perderme un rato en los sonidos de la lengua amada, acentuados por los movimientos de Madame en su mecedora, las hojas que pasan, el ligero golpeteo de su dentadura postiza en cada consonante, las tes, las des. Me divierte cuando se acerca y me deja tocar el libro y siempre queda flotando en el aire un resto de sus olores. La semana pasada el aire olía a talco. Hoy era un olor a brioche muy pesado, que seguramente se habría comido temprano, antes de que yo llegara. También había algo de repollo en su pelo, y esa fragancia foránea, el vinagre de malta, adoptada hace ya tantos años. Hoy fueron también sus dos besos de melón en la despedida. Pero hubo otro olor que me distrajo durante toda la lectura, porque no podía precisarlo. No eran las calas, su ligero olor funerario. (Sin embargo la vieja no lo nota). No eran las crackers junto a la tetera rebosante de Earl Grey, que siempre nos escandaliza cuando se sirve por la mañana. Demasiado perfumado para desayunar, pero a los extranjeros les encanta.

Me había tomado el té y su nota de bergamota casi sin leche y casi sin pensar, tan atorada estaba descifrando ese otro olor que venía por ráfagas. Hacía calor y por eso Madame se atrevió a cortar unas rodajas de melón entre las dos lecturas. Yo lo rechacé educadamente y traté de no moverme. Ella se había dado cuenta de que había algo raro en mí esa mañana, ya que no la ayudé a llevar las tazas a la cocina, pero me dejó tranquila. También me gusta ir a lo de la vieja porque me siento mimada y hasta algo malcriada. Ya después vendrá la calle a sacudirme, con sus transeúntes apresurados, sus paraguas y sus perros. Pienso en perros y me viene el recuerdo de Linne, y entonces cierro los ojos y me reclino en el silloncito quejoso. Madame vuelve de la cocina, secándose las manos en un paño muy almidonado que cruje entre sus dedos, se sienta en su mecedora y retoma la lectura. A primera hora es poesía. Después del té de media mañana leemos un cuento o un artículo de la colección de revistas de Madame. La poesía nos deja entrar más suavemente en este mundo dice Madame. Doucement. No nos arranca tan bestialmente de los sueños. A mí no me importan una mierda los sueños. Son demasiado dolorosos, demasiados irreales como para volver a pensar en ellos durante el día. A mí son los olores los que me llevan y me traen. Y hoy estoy flotando en un aire particularmente hostil, de límites poco claros, aferrada al leño de un olor que se me escapa y que aún no sé si es balsa o cruz. Opto por dejarme flotar, tanteando de vez en cuando con los dedos de los pies el limo del fondo, el suelo salvador que no me dejará ahogarme en esta mañana tan dudosa, y nado poco a poco aferrada a mi deseo de ese olor.

—Creo que no me estás prestando demasiada atención hoy, Laurie. Is everything alright?

Sus erres son todavía demasiado guturales, sus diptongos forzados casi rozando el habla de la calle. Esa calle que me envuelve y me arrastra como una corriente fría.

—Discúlpeme, Madame. Es verdad que estoy distraída. Será el calor.

—Of course.

Siempre hablamos en inglés en las pausas. Vieja de mierda. ¿No ve que así me distrae todavía más?

Continúa leyendo la historia anodina. Su voz amable. Ella tan dulce por fuera. No necesito verla para intuir su gesto de reprobación ante mi ropa. Mi practicidad le debe parecer agresiva. Se supone que las poor little darlings como yo deberíamos vestirnos de una manera que causara más empatía. Yo considero que uno no puede combinar mal los colores si siempre viste de negro.

No puedo seguirla. ¿Qué es lo que viene a buscarme en la forma de este olor tan inesperado? Es algo que sube por mi pecho vestido de negro, y el golpe es tan súbito y a traición que no sé cómo reaccionar.

Tengo la cabeza apretada contra la barra de la litera de arriba, la sien izquierda y parte de la mejilla apretada contra la ventana. Una ventana que no es mía. Una ventana de otro, del que me cuenta al oído de qué va la ilusión del día a día, pequeños destellos que se mueven demasiado rápido en su voz, opacada por su respiración, por mis propios jadeos. El frío del vidrio en las mejillas, un frío como si estuvieras perdida en la mitad de un puente y no te atrevieras a darte la vuelta para regresar, mientras por fuera te abraza y te envuelve el cuerpo de un hombre que te relata esa noche de tormenta, los tilos moviéndose en el aire de la noche, macetas en precario equilibrio en los alféizares. Ella misma en precario equilibrio dentro de su cuerpo, temiendo que su mente cuerda salga volando a lomos de la tormenta que llega desde las manos de un hombre que la hace ver por dentro. Y dentro de su cuerpo no hay vísceras sino los mismos ladrillos que él le describe, entre marrones y negros, comidos por el moho. Y ella es también los marcos blancos de las ventanas, la hiedra verde con una parte muerta y mustia, justo como ella ahora. Porque a veces se nos muere eso que nos hacía aferrarnos al muro de alguien. Todos somos hiedra verde o hiedra seca alguna vez. Y ella entonces es hiedra y tilo florido y tejado de pizarra y es también muchas chimeneas de barro, y unas begonias rosadas plantadas prematuramente junto a la entrada de un sótano, tan prematuras como esta aventura de litera nocturna, como este subtítulo que quiere ponerle a la aventura, este subtítulo que dice love at last. Y no sabe si las begonias resistirán la tormenta que pretende barrer el paisaje tras la ventana, como él que llega con sus manos y la aspira por completo, de adentro hacia afuera, con su voz que la acaricia y la apremia, con sus manos que se la llevan más allá de la ventana blanca, más allá del tarro de caramelos que espera vacío junto a la ventana de enfrente. Y ella misma ahora, vacía de él, se pregunta hasta cuándo podrá vivir de las migajas de esta ventana. Se pregunta si es de verdad este hombre que la conduce, la mano firme en su brazo, su aliento en la mejilla, este gigante que la hace subir por escaleras alfombradas hasta su buhardilla y luego aún más arriba hasta su litera. Y ahí en el colchón estrecho le cuenta cómo se vuelan las begonias, pétalo a pétalo, una tras otra en la tormenta, cómo nadie llenó aún el tarro de caramelos, cómo la tormenta llega en una hélice de viento y nube, de nubes que son negras pero también son sepia y doradas. Y ella tiene una noción brumosa y antigua de ese color sepia, un recuerdo infantil de la luz detrás de los párpados que no sabe si es real o si lo ha soñado, y que se confunde con la sensación en los dedos de una tarde dolorosa en la que sólo caminó una y otra vez alrededor de la manzana, el brazo extendido, la mano plana arrastrándose detrás de ella por la pared a medida que caminaba, una mano que necesitaba entender los nuevos límites del mundo en una larga vuelta manzana de dedos raspados y sabor a lágrimas en la garganta. Los ladrillos marcándose en las yemas para siempre. El aprendizaje decisivo.

Pero ella no puede contarle todo esto y sólo pregunta: ¿Los ladrillos son de color sepia? Su voz suena muy pequeña contra el cristal de la ventana blanca, bajo el peso del cuerpo de él. Y él se ríe porque tal vez sea ése el color exacto, la palabra que estaba buscando para describir un ladrillo a la vez dorado y negro y sí, son de color sepia. Son como fue ella, pálida y dorada y oscura y ella piensa a qué se refiere y sus manos entonces no le dejan dudas porque dibujan el territorio de su cuerpo con todos sus colores, con los colores correspondientes. Y ella se acuerda de otros mapas, de otros territorios, de una extensión de arena guardada por estatuas enormes, guardianes mágicos de piedra. Y piensa en el pobre desierto que ahora alberga sólo pozos de petróleo y cigüeñas extractoras y que en realidad lo que pasa es que se llevaron a los guardianes mágicos del palacio de Sargón, que dejaron a la ciudadela sola y desprotegida, como ella, a merced de un gigante que la escurre entre sus dedos como si fuera de arena dorada, que la empuja con su cuerpo hasta que su cabeza parece querer atravesar la ventana blanca, el cristal frío que golpea contra su sien, su mejilla. Ella otra vez una ciudadela abandonada.

 

Interrumpo a Madame.

—Hay un olor nuevo en casa, Madame. Lo siento pero creo que es esto lo que me distrae. ¿Le importaría decirme si hay algo fuera de lo habitual?

La vieja cierra el libro. Seguro que me mira asombrada.

—Vaya, Laurie. Me has tomado por sorpresa. Imagino que debe ser muy desconcertante para ti. Lo siento terriblemente. Veamos. No he pedido nada de la panadería, ni he vuelto a comprar esas flores tan…

—Anturios.

—Anturios. Exacto. He tomado nota de lo mucho que te desagradaba su penetrante aroma.

Aroma a pis de perro. Ese es el aroma penetrante al que te refieres, you filthy old cow.

—Sí, Madame, gracias por tenerlo en cuenta. Pero hay algo… Lo siento, es que tiene que haber algo nuevo.

—Oh Dios, déjame ver. Poor child, claro, para ti siempre es…

— Sí, Madame, es complicado de explicar. — No puedes imaginarte, vieja, lo complicadísimo de explicar que es esto, cuando te sientes enladrillada por dentro y sólo sabes que no habrá ningún desenladrillador que te desenladrille.

— Válgame Dios, por supuesto que hay algo nuevo. ¡El limpiacristales!

Ah you stupid woman. Ah Laurie, nena. Ríete nena, ríete rápido.

—Jajaja, por Dios, Madame. ¿Ha dicho usted el limpiacristales?

—Sí, my dear, sí. Tan solo un viejo bote de limpiacristales. Me lo dio el portero. Lo encontró junto con otros botes en el armario de las escobas cuando se vació la buhardilla. Llevaba cerrada cierto tiempo. Han venido a limpiarla para venderla.

Ríete, Laurie.

—Of course.

—Nunca deja de asombrarme, querida, tu apabullante sentido del olfato.

—Ya sabe, Madame.

No sabes nada, vieja. El limpiacristales. Dan ganas de pegarse un tiro. Aunque por supuesto no es la primera vez. A veces es sólo eso, ganas de no tener que salir nunca más a la calle hostil, esa calle que tanto me desorienta, en la que pierdo, ríete Laurie, mi apabullante sentido del olfato. A veces es sólo ganas de que todo vuelva a ser ligero y dorado y amable como un tour por el museo. Uno de esos tours para ciegos en el que te dejan tocar las esculturas, no como al resto de los mortales. Las manos sobre los guardianes mágicos de Khorsabad, la mano del guía alto como un gigante, conduciéndote bajo las alas de los toros de piedra, su aliento en tu pelo, transformándote en arena para siempre. Sus promesas en francés mientras te aspira en la tormenta de su cuerpo, tu mejilla contra la ventana blanca, el olor del limpiacristales impregnándose en tu piel como el más definitivo de los perfumes.

Este cuento obtuvo una mención de honor en el Concurso Literario 2010 del Instituto de Cultura Peruana (ICP) de Miami.

 

 

foto by Macky