Las que se venden a sí mismas

 

 

Este texto fe publicado en la web de RTVE el 22 de noviembre de 2011

A una amiga mía le preguntaron hace poco por qué asociaba femineidad con fragilidad, y le pidieron ejemplos de mujeres frágiles. Llegamos a la conclusión de que no conocemos mujeres así. Sí conozco mujeres que eligen hacerse más o menos las tontas con respecto a las ganas de quemarse vivas en su propio fuego. Conozco señoras y señoritas que intentan no llamar mucho la atención, o llamarla de la manera correcta, siendo sexies y perfumadas.

Tranquilas, hermanas hembras, nunca estaremos a salvo del todo, ni siquiera de nosotras mismas: en este mundo en el que vivimos, “puta” es un insulto para cualquier mujer en contacto con su sexualidad. Puta es una palabra arrojadiza, puntiaguda. Nos la dan cada día en ayunas, una gota de veneno instilado en el oído. Hay otros insultos sólo-para-mujeres, desde luego, bonitas piezas talladas en escupitajo, como “gorda”, “fea”, “loca”, “mala madre”.

Inventarse un burdel donde reinar y enseñorearse es fácil. Inventarse una vida de mujer no tanto. Hay que elegir cómo vivir, o lo que es lo mismo en estos días, acertar con la etiqueta correcta, seguir las reglas de juego de adornarse, mutilarse, inflar la imagen.

Venderse a sí misma es más fácil de lo que se cree. Las mujeres lo hacemos unas cuantas veces a lo largo de la vida, nos vendemos a trozos, como a través de un mostrador. Cada vez que hacemos algo contra nuestra voluntad, cuando postergamos un sueño para que no nos llamen egoístas, cada vez que nos subimos al carromato de las bien miradas para no parecer raras, cada vez que nos negamos al postre por su potencial de ponernos gordas.

Lo difícil es escapar al ejército de los muy limpios, esos que van por la vida con una piedra en la mano. Escapar al control que es, en el fondo, lo que los muy limpios o muy iluminados quieren ejercer sobre cualquier mujer que no siga el escalafón de novia-esposa-madre-cocinera. Siempre listos para denunciar lo que no les parece agradable a la vista. Y sin embargo sí les parecen agradables sus señoras con idénticas cirugías, salidas del criadero central. Se ve que para ellos, hay unas maneras de compraventa que son justas y necesarias, y otras que no. Su moral y sus buenas costumbres están llenas de historias de terror. Yo lo sé, yo puedo contar lo que se cuece en el seno de las buenas familias, pero temo que después mis amigos ya no me saluden, y me llamen puta a mí, y ramera a mi madre.

Un limpio pide que le traigan, en bandeja de plata, la cabeza de aquella que se anime a decir que goza, y que cobra, y que encima está orgullosa de hacerlo. Tenemos delante de los ojos una quema diaria de brujas. Los que encienden el fuego son también dueños de las etiquetas, y las escupen como a través de una cerbatana. La verdad absoluta es el veneno de los que se creen más dignos que los demás. Dios nos libre de los que se consideran ya puros de espíritu y andan repartiendo cucharadas de salvación por nuestro bien.

Me pregunto por qué este ejército de limpios nos viene a decir cómo son las cosas,quién debe abrirse de piernas y con quién, a cambio de qué favores, y con qué estado de ánimo.

Fue divertido imaginarme un burdel donde reinar. Me gustaría ser capaz de imaginar un mundo donde las mujeres puedan realmente ser libres para hacer lo que les dé la gana, incluyendo el derecho a trabajar con su piel y orificios, con su arte de escuchar y acariciar, si eso es lo que desean. Un mundo donde una mujer haga su propio inventario y ponga precio real a todo lo que tiene para dar, sea lo que sea. Y que los muy pulcros no puedan castigarla por ello, explotarla por ello, maltratarla por ello.

 

 

Imagen: World of men, collage por Lou Beach.

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